Parapsicología e Inteligencia Artificial: ¿estamos más cerca de probar lo invisible o de crear falsos fantasmas?
Durante décadas, quienes hemos intentado acercarnos a los fenómenos paranormales hemos tenido que aprender a convivir con una dificultad incómoda: muchas veces, aquello que buscamos aparece en una fotografía borrosa, en un sonido casi imperceptible o en una sensación que resulta imposible de medir.
Una voz que parece surgir de una grabación. Una figura que aparece durante unos segundos en una fotografía. Una alteración inexplicable en un lugar determinado. Un ruido que nadie recuerda haber producido.
Durante mucho tiempo, la tecnología disponible era limitada y la interpretación dependía, en gran medida, del oído, la vista y la experiencia del investigador.
Hoy la situación ha cambiado.
La Inteligencia Artificial ha entrado de lleno en nuestra forma de analizar imágenes, sonidos y grandes cantidades de información. Y, aunque todavía estamos lejos de poder afirmar que una máquina haya demostrado la existencia de un fantasma, la IA sí está modificando profundamente la manera en la que nos enfrentamos a lo desconocido.
Pero existe una paradoja.
La misma tecnología que puede ayudarnos a descubrir algo que antes no éramos capaces de detectar también puede fabricar un fenómeno que nunca estuvo allí.
Y quizá esta sea una de las preguntas más interesantes de la parapsicología del siglo XXI:
¿Estamos utilizando la Inteligencia Artificial para acercarnos a lo invisible o estamos creando una nueva forma de pareidolia?
Del magnetófono a la Inteligencia Artificial
Si observamos la historia de la investigación paranormal, descubrimos que la tecnología siempre ha ocupado un lugar importante.
Las primeras investigaciones de fenómenos anómalos se apoyaron en instrumentos que, en su momento, parecían extraordinariamente avanzados: grabadoras, cámaras fotográficas, películas infrarrojas, termómetros, brújulas, detectores electromagnéticos y todo tipo de dispositivos destinados a registrar aquello que los sentidos humanos no podían percibir directamente.
En el caso de la Transcomunicación Instrumental, por ejemplo, las grabaciones de audio se convirtieron en una herramienta especialmente controvertida.
El investigador escuchaba una y otra vez una cinta intentando encontrar una palabra, una frase o una voz escondida entre el ruido.
El problema era evidente: el oído humano también interpreta.
Cuando creemos saber que una grabación contiene una determinada palabra, nuestro cerebro puede empezar a encontrarla aunque el sonido original sea ambiguo.
Hoy podemos utilizar sistemas de reducción de ruido, separación de frecuencias y análisis digital para estudiar una grabación con una precisión que hace unas décadas habría parecido ciencia ficción.
La tecnología permite separar determinadas frecuencias, reducir sonidos ambientales y comparar diferentes fragmentos de audio.
Pero aquí aparece la primera advertencia.
Limpiar una grabación no significa descubrir una voz. Significa modificar una señal para hacerla más comprensible.
Y esa diferencia es fundamental.
La IA puede escuchar lo que nosotros no escuchamos
Una de las posibilidades más interesantes de la Inteligencia Artificial aplicada a la investigación de fenómenos anómalos es su capacidad para analizar enormes cantidades de información.
Imaginemos una investigación realizada durante varias noches en una vivienda en la que sus habitantes aseguran escuchar golpes, pasos o voces.
Un investigador humano puede revisar horas de grabación. Una máquina puede analizar esos archivos buscando patrones concretos: cambios de frecuencia, sonidos repetitivos, variaciones de intensidad o acontecimientos que coincidan temporalmente con otros datos registrados.
Lo mismo puede suceder con las imágenes. Los sistemas de visión artificial pueden detectar movimientos, cambios de temperatura o alteraciones en una escena que podrían pasar inadvertidas para una persona.
Esto puede ser tremendamente útil. Pero hay algo que no debemos olvidar: detectar una anomalía no equivale a demostrar un fenómeno paranormal.
Una cámara puede registrar un cambio. Un algoritmo puede señalarlo. Y aun así, puede existir una explicación completamente convencional.
Un insecto que pasa delante del objetivo. Una corriente de aire. Una variación de temperatura. Un reflejo. Un problema de compresión de la imagen. Una interferencia.
Precisamente por eso, la tecnología puede convertirse en una magnífica herramienta para la investigación si se utiliza para descartar explicaciones antes de buscar respuestas extraordinarias.
Y esa debería ser una de las grandes ventajas de la IA.
El nacimiento de la pareidolia digital
Existe un concepto que, en mi opinión, vamos a escuchar cada vez más durante los próximos años: la pareidolia digital.
Todos conocemos la pareidolia humana. Es ese mecanismo que hace que encontremos un rostro en una nube, una figura en una mancha de humedad o una silueta humana entre las sombras. Nuestro cerebro busca patrones.Y cuando encuentra algo parecido a aquello que conoce, intenta darle significado.
La Inteligencia Artificial tampoco está completamente al margen de este problema.
Los sistemas de IA han sido diseñados precisamente para encontrar patrones dentro de enormes cantidades de datos.Y eso puede convertirse en un problema cuando analizamos fenómenos ambiguos.
Pensemos nuevamente en una psicofonía. Tenemos un ruido de fondo. El algoritmo intenta eliminarlo y mejorar la señal. Después aparece algo que parece una palabra.
¿La palabra estaba realmente en la grabación?
¿O el sistema ha reconstruido la señal de una manera que nos permite interpretarla como una palabra?
Esta pregunta es mucho más importante de lo que parece. Porque determinados sistemas de mejora de imágenes o reconstrucción de datos pueden generar información que no estaba registrada originalmente, sino que ha sido estimada a partir de patrones aprendidos.
En una fotografía cotidiana esto puede ser una herramienta magnífica.
En una investigación paranormal puede convertirse en un auténtico problema. Porque si una inteligencia artificial completa una sombra, mejora un rostro o reconstruye una zona de una fotografía, podríamos terminar observando una figura que jamás estuvo realmente allí. El fantasma podría no encontrarse en la fotografía. Podría encontrarse en el algoritmo.
¿Puede una máquina convertirse en un nuevo testigo?
Esta es, quizá, una de las cuestiones que más me interesan.
Durante años hemos hablado del testimonio humano. Una persona afirma haber visto algo. Otra persona escucha una voz.
Un investigador observa una anomalía.
Pero sabemos que nuestros sentidos pueden equivocarse. La memoria puede reconstruir acontecimientos. La percepción puede verse afectada por nuestras expectativas. Y nuestras creencias pueden influir en la interpretación de aquello que observamos.
Entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Podría una máquina convertirse en un testigo más objetivo?
En teoría, una máquina no tiene miedo, no cree en fantasmas y no debería interpretar una imagen porque le resulte inquietante.Pero tampoco es completamente neutral.
La IA ha sido creada por seres humanos. Ha sido entrenada con datos. Utiliza modelos matemáticos. Y sus resultados dependen de cómo ha sido diseñada y de qué información recibe. Por eso, sustituir el sesgo humano por un algoritmo no significa eliminar el problema.
En algunos casos simplemente podemos estar trasladándolo a otro lugar.
La conciencia y las máquinas: una frontera todavía desconocida
Aquí entramos en un territorio mucho más especulativo.
Durante décadas han existido investigaciones destinadas a estudiar si la intención humana puede producir algún tipo de efecto sobre sistemas físicos aleatorios.
Uno de los ejemplos más conocidos fue el trabajo desarrollado por el laboratorio Princeton Engineering Anomalies Research, conocido como PEAR, que investigó durante años posibles interacciones entre la conciencia humana y determinados sistemas físicos.
Los resultados y su interpretación han sido objeto de debate y no constituyen una demostración aceptada de que la mente pueda modificar la materia. Pero la pregunta continúa siendo fascinante.
Si algún día descubriéramos que la conciencia tiene alguna propiedad que todavía no comprendemos, ¿podrían los sistemas electrónicos extremadamente sensibles ayudarnos a detectarla?
¿Podría un ordenador registrar una interacción que nuestros sentidos son incapaces de percibir?
¿Podría una inteligencia artificial detectar pequeñas alteraciones estadísticas que pasamos por alto?
Son preguntas legítimas.
Pero hay que distinguir entre una pregunta interesante y una evidencia científica. Y esa frontera es fundamental.
A día de hoy, no podemos afirmar que la conciencia humana tenga una capacidad demostrada para alterar algoritmos, microprocesadores o sistemas cuánticos mediante la intención.
Podemos plantearlo como hipótesis. Podemos investigarlo. Podemos diseñar experimentos. Pero todavía no podemos convertirlo en una conclusión.
El verdadero peligro: que la tecnología haga demasiado bien su trabajo
Puede parecer contradictorio, pero cuanto mejor sea la Inteligencia Artificial, mayor será este problema.
Una IA capaz de reconstruir imágenes borrosas, mejorar sonidos prácticamente inaudibles o generar rostros realistas puede convertirse en una herramienta extraordinaria para la investigación.
Pero también puede crear falsificaciones prácticamente perfectas.
Hoy ya podemos generar fotografías de personas que nunca existieron. Podemos crear voces artificiales. Podemos modificar vídeos. Podemos producir sonidos.Podemos reconstruir imágenes.
Entonces, ¿qué ocurrirá cuando alguien presente una fotografía de un supuesto fantasma y asegure que procede de una investigación?
La pregunta ya no será únicamente:
¿Qué aparece en la fotografía?
Tendremos que preguntar también:
¿Cómo fue procesada esa fotografía?
Y quizá incluso:
¿Podemos demostrar que el archivo original no ha sido alterado?
La cadena de custodia de una evidencia digital puede convertirse en uno de los grandes desafíos de la investigación paranormal contemporánea.
La tecnología no mata el misterio
Existe una idea que me preocupa especialmente cuando hablamos de Inteligencia Artificial y fenómenos paranormales.
Pensar que la tecnología tiene que demostrar necesariamente que los fantasmas existen o que no existen.
No tiene por qué ser así.
La tecnología puede hacer algo mucho más interesante: ayudarnos a formular mejores preguntas.
Puede permitirnos analizar más datos. Repetir experimentos. Comparar lugares. Detectar patrones. Descartar explicaciones. Encontrar errores. Y, sobre todo, separar aquello que creemos haber visto de aquello que realmente podemos demostrar.
Quizá el futuro de la parapsicología no esté en encontrar una máquina capaz de detectar fantasmas.
Quizá esté en desarrollar métodos cada vez más rigurosos para investigar aquello que todavía no comprendemos.
Y ahí la Inteligencia Artificial puede tener un papel extraordinario.
Entre el misterio y la evidencia
Siempre he pensado que acercarse a lo desconocido exige dos cosas que pueden parecer contradictorias: curiosidad y escepticismo.
La curiosidad nos empuja a mirar. El escepticismo nos obliga a comprobar.
Si solo tenemos curiosidad, podemos terminar creyendo cualquier cosa. Si solo tenemos escepticismo, podemos cerrar demasiado pronto una puerta que quizá merecía ser investigada.
La Inteligencia Artificial nos coloca exactamente en ese punto intermedio.
Puede convertirse en una lupa capaz de mostrarnos detalles que antes pasaban inadvertidos. Pero también puede convertirse en un espejo que nos devuelva nuestras propias expectativas.
Tal vez el verdadero fantasma del futuro no sea una aparición registrada en una cámara. Tal vez sea una imagen creada por un algoritmo y presentada después como una evidencia.
Por eso, cuanto más avanzada sea nuestra tecnología, más importante será mantener intacta nuestra capacidad para dudar. Porque investigar lo desconocido no significa creer que todo aquello que no comprendemos es paranormal.
Significa tener el valor suficiente para decir:
“No sé qué es.”
Y después volver a mirar.
Quizá algún día la tecnología nos permita demostrar algo que hoy consideramos imposible.
O quizá descubramos que muchos de los fantasmas que hemos perseguido durante décadas eran sombras, errores de percepción, ruido… o simplemente el deseo humano de encontrar una respuesta allí donde todavía existe un misterio.
Y, sinceramente, creo que ambas posibilidades son fascinantes.
Porque mientras sigamos haciéndonos preguntas, el misterio seguirá estando vivo.
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